miércoles, 23 de febrero de 2011

DIA 7

DIARIO DE A BORDOHOJA DE RUTA
9 DE JULIO DEL 2010 PARIS
RESUMEN DE JORNADA:
COMANDANTE: ROMAN GARCIA
SEGUNDO DE A BORDO: FERNANDO ABELLA
TRIPULACION: DIANA RIPOLL, ELSA GARCIA, MARTA GARCIA E IVAN SOBRINO

El que sería nuestro último día en París amaneció nublado, y la impresión del personal era que nos mojaríamos y mucho, así que cogimos unos chubasqueros y tras unas duchas gratificantes (cuesta creer todavía que calificáramos todos de gratificantes las duchas de todos los campings en todo momento) y un breve desayuno por turnos (el breve espacio (disponible no en el que no estás) hacia imposible que desayunáramos todos a la vez) volvimos a coger el autobús para ir al centro de la ciudad, y desde allí empezar a movernos en metro para poner rumbo al Sagrado Corazón y al Molino Rojo. Y si, se que quizás suene un poco a cachondeo que visitásemos de seguido en el mismo día estos dos sitios tan dispares uno de otro, pero somos asin.
El Sagrado Corazón
Llegamos al Sagrado Corazón, y subimos a él por unas escaleras (más, dios mío, más escaleras aun) advertidos por Marta, que ya había estado antes aquí, de los vendedores ambulantes de la zona, que aprovechan el momento en que te tratan de poner una pulsera echa a mano en tu muñeca para robarte hasta la forma de andar. Por fortuna solo se acercan a los que van solos o en pareja. Nosotros, al ser seis, nos libramos de que se nos acercaran.
Llegamos a lo alto, justo a la puerta de la basílica, descubriendo en un lateral un funicular. Nos entran ganas de llorar, pero decidimos que con entrar en el interior de la Basílica tenemos suficiente, así que lo hacemos, pudiendo disfrutar de su belleza, pero no pudiendo sacar fotos, pues estaban prohibidas, para que luego pudieras comprar un bonito libro-recuerdo de fotos de su interior a precios nada aconsejables. Aun así, y gracias a la pericia de la tripulante Diana, logramos llevarnos unas pocas fotos de su interior, ya que del exterior ya teníamos bastantes.

Abandonamos el Sagrado Corazón y nos ponemos rumbo al Molino Rojo, previa consulta de la situación en un plano.
El Molino Rojo

De camino a tan insigne y pintoresco lugar, descubrimos los alrededores como un sitio que si lo comparases con algo más a mano te saldría enseguida la calle montera por su ambiente erótico(festivo). Aun así, el alegre y bohemio aspecto, se hace notar en cada una de sus casas (de citas o no) hasta que llegamos al lugar en donde según la película se cantaban en un musical canciones de Police, Queen, David Bowie, Madonna…. Y decidimos, como casi en cada rincón de París, inmortalizar dicha visita con algunas fotos, una de ellas no se puede enseñar en público, para la posteridad, decidiendo que lo tarde que empiezan las funciones, sus precios, y el ambiente de la zona no son lo más recomendables para acercarnos esa noche a ver su interior. Vamos, que no, no, y no.
Vislumbrando un ambiente de lluvia, nos ponemos rumbo, tras pensarlo mucho, hacia la torre Eiffel, donde nos haremos algunas fotos en sus alrededores con la luz del día. La visión del otro día de la torre en la oscuridad de la noche nos dejó cautivados, pero queríamos aprovechar la ocasión de ver su enorme belleza ya de día. ( Si, lo sé, ha sonado cursi, pero oye, a veces no es malo ponerse así. ¿no?)
La idea inicial era visitar el Louvre y después comer tirados en el parque del Campo de Marte, junto y a la sombra de la torre. Pero visto el tiempo gris que hacía, y previendo lluvia para más tarde, decidimos parar antes por la torre y pasar un rato fotografiándonos y descansando, que aun siendo pronto, tras siete días de ruta, las fuerzas empezaban a mermar.
La torre Eiffel
Llegados al punto de estar tirados junto a la famosa torre, haciéndonos, o al menos tratándolo, las típicas fotos en las que pareces tener la torre en la palma de la mano, las cámaras de fotos parecen dispararse solas haciendo fotos de todo tipo para inmortalizar ese momento, con la torre a nuestras espaldas, y el sol abriéndose paso entre las nubes. Finalmente los chubasqueros si nos han venido bien… Para ponerlos en el césped y sentarnos y tumbarnos sobre ellos. El sol sale del todo. Hará un calor de justicia. Genial.
Tras pasar un rato bastante divertido junto al emblemático divertido y haber cogido fuerzas, nos ponemos en marcha al Louvre para poder visitar las salas de tan celebre museo, teniendo claro dos cosas. Tenemos que ver La Gioconda y La Victoria de San Motracia . Por eso, al llegar, y comprar las entradas, con un plano en la mano, nos decidimos por hacer una ruta en concreto, sabiendo ya de antemano, que más de la mitad del museo se quedaran para otro viaje. La inmensidad del la pinacoteca es comparable a la de el Museo del Prado de Madrid, y verla toda, con la tranquilidad requerida en un solo día, es empíricamente imposible.
La Victoria de San Motracia
Emprendemos la marcha y lo primero que conseguimos ver, no hacerlo seria una invitación clara a ir al oculista, es la Victoria de San Motracia, la cual, quizás debido a la réplica en casa de mis padres, me la imaginaba mucho más pequeña, y no es que la que hay en casa de mis padres sea tamaño recuerdo de Paris para poner encima de la televisión – no, no la veo encima de una tele – si no que simplemente me la imaginaba más… no sé, como decirlo… pues sí, del tamaño de la de casa de mis padres, a lo sumo el doble, pero no de semejante tamaño (ahora es cuando explico que la de casa de mi padres debe de tener plomo y medio dos palmos de alta) que me dejó impresionado. Y eso que le falta la cabeza. (y si, a la de casa de mis padres también le falta la cabeza y no, no fui yo quien rompió ambas) Por supuesto, fue fotografiada, de frente de perfil y desde diversos ángulos. Siempre me ha gustado esta escultura, y en carne y hueso… Mierda, perdón, y en vivo y al natural, mucho más.
Recorremos los pasillos de la pinacoteca deteniéndonos en los cuadros que más nos llaman la atención hasta llegar a un pasillo que conduce a una sala donde en el fondo se abarrota la gente. Algún que otro (La virgen de las rocas, por ejemplo – sigo diciendo que Dan Brown tiene una imaginación prodigiosa o una información portentosa) cuadro de Leonardo da Vinci por la zona nos hace suponer que semejante aglomeración será debido a que allí se encuentra el célebre cuadro de aun desconocida señora (o señor, pues se especula hasta que es un autorretrato del propio Leonardo da Vinci) que todos conocemos como La Gioconda, o La Mona Lisa.
Poco a poco nos hacemos paso hasta poder ver el cuadro, a una prudente distancia, separados por unos cordones de terciopelo, viendo que el cuadro esta tras una mampara protectora de cristal y custodiada por dos guardias. Sin duda tienen miedo a que la dañen o la roben otra vez.
La mona Lisa
Conseguimos sacar un par de fotos medianamente decentes antes de que a empujones casi nos saquen de allí la gente que tras de nosotros ansia verla también. Nos alejamos sigilosamente, viendo como la gente se sigue agolpando ante el posiblemente cuadro más famoso del mundo.
Nuestra andadura por los pasillos del Louvre se vuelve larga, y en ocasiones nos sentamos en los asientos que por todo el museo están repartidos.
Tras dos horas de pateo por sus pasillos, eso si admirando obras de arte que quieras que no culturiza, tres de los tripulantes, yo entre ellos, decidimos abandonar para darnos un descanso. Así pues, junto a un servidor, las tripulantes Elsa y Marta García, abandonamos el museo prometiéndonos volver en un futuro, más preparados, menos cansados y con más tiempo. No podemos más, y al salir, viendo como en las nuevas fuentes de la plaza de las pirámides famosas la gente está sentada metiendo sus pies descalzos en el agua de las mismas, hacemos lo mismo sin dudarlo un solo momento, sintiendo como si nos amputasen los pies del cansancio al hacerlo.
El paraíso debe ser algo parecido a esto.
Relajación afuera del Louvre
Tras algo más de media hora, quizás una hora, el resto de la tripulación salé del museo y nos imitan metiendo sus pies en el agua. Los seis nos quedamos a pleno sol pero disfrutando del merecido descanso antes de meternos de nuevo en el recinto del museo para poder tomarnos un café fresquito en un Starbucks del interior. Seguimos descansado, nos lo merecemos, y aun nos queda el camino de vuelta a la nave nodriza.
El camino de regreso hasta el autobús que nos llevará a la nave nodriza fue quizás el más rápido y deseado de todos los que hemos hecho incluso a pesar del cansancio terrible que atenazaba nuestras piernas y agarrotaba nuestros músculos de una forma inhumana.
El cansancio fue el que movió nuestras piernas irremediablemente deprisa, como autómatas estúpidos, hasta la parada del autobús y posteriormente desde la parada de este en el camping hasta nuestra caravana (llamémosla así de nuevo, ya no era una nave nodriza ni una interestelar ni nada parecido; no, era una caravana, en serio) aparcada en el santo quinto pino ( o eso nos parecía ya a estas alturas) de la entrada del camping.
Nos damos una relajante ducha que nos parece la mejor del mundo y decidimos relajarnos con unas cervecitas tirados en el suelo a los pies de… Venga, dejémoslo así si les parece bien, a los pies del vehículo sobre el que estábamos viviendo y viajando en estos días. A pesar de ser Kronenbourg, nos saben a gloria acompañadas de unas patas fritas y unos frutos secos.
La cena no se hace esperar mucho, el cansancio aprieta el hambre y las ganas de tirarse después de cenar a relajarse un poco también, y eso hacemos. Nos tiramos después de cenar, con otras cervecitas, a descansar, tranquilamente, relajándonos, y disfrutando de una esplendida noche parisina tras un día que había amanecido amenazando lluvia y nos había deparado un calor insoportable en todo momento, pero que se había visto recompensando por una excursión maravillosa por Paris.
Mañana abandonaremos el camping y la ciudad para empezar el viaje de vuelta a casa, con la siguiente parada en nuestro objetivo. Le Puy-en-Velay, un pueblecito que forma parte del Camino de Santiago que seguramente veremos en un Puy.

FIN DE ENTRADA.
FDO. : FERNANDO ABELLA – SEGUNDO DE A BORDO

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