miércoles, 23 de febrero de 2011

DIA 5

DIARIO DE A BORDO:
HOJA DE RUTA
7 DE JULIO DEL 2010: MONT SANT MICHELLE - PARIS
RESUMEN DE JORNADA:
 COMANDANTE: ROMAN GARCIA
SEGUNDO DE A BORDO: FERNANDO ABELLA
TRIPULACION: DIANA RIPOLL, ELSA GARCIA, MARTA GARCIA E IVAN SOBRINO

El Mont Sant Michelle con su abadia
Amanecemos a las siete de la mañana de la más dulce y mejor de las formas, con el aporreo de la puerta de la autocaravana, por parte del encargado del parking, para cobrarnos el haber dormido al raso con la misma durante toda la noche.
Tras un nuevo desayuno con cola-cao (desde los ocho años no tomaba tanto de seguido, fijo) nos ponemos en ruta dispuestos a ver Sant Michelle con las claras del día y disfrutar de sus calles y su magnífica Abadía, por dentro y por fuera, aunque como bien descubriríamos poco después, esta última opción, al menos por dentro, no era del todo aceptable, y si totalmente inviable al poder observar su precio, decidiendo que ya era suficientemente bonita de noche, y que no queríamos estropear tan grato recuerdo con la posibilidad de que en el interior nos defraudara, por lo que sabiamente decidimos ponernos en marcha rumbo hacia el siguiente y tan ansiado destino, Paris, donde felizmente podríamos dejar la autocaravana aparcada por tres días y apreciar relajadamente las grandezas de la ciudad.

Nos ponemos rumbo pues finalmente a Paris tras una parada de avituallamiento en un Carrefour de la zona, donde realizamos un cambio de piloto y copiloto, pero no entre ellos, pasando al mando de la nave la tripulante Marta García y al puesto del copiloto el comandante y a la par hermano de la nueva piloto, Román García, relazándose este sin ningún miedo ni pudor, y demostrando cualidades más que aptas para iniciar en un futuro no muy lejano una aventura en solitario por su propia cuenta y riesgo.
            Mientras dejo de ser copiloto, descubro los terribles placeres de ir en los puestos traseros, que son bien pocos, pues el realizar la labor de aguador de los pilotos es ardua y complicada sobre un bicho de cuatro ruedas a 100 kilómetros hora.

A poco más de 190 kilómetros de la capital gala, nos detenemos a comer, preparándonos unos bocadillos sentados en un merendero de un área de servicio, para un posterior relevo de copiloto/piloto, volviendo de nuevo a la posición normal e inicial del viaje.
Acertada, y quizás milagrosamente, logramos encontrar el camino hacia Paris sin error ni equivocación (y sin mapa previo ni GPS) estando convencidos piloto y copiloto que ya nada se nos puede resistir, y que con la gorra vamos a llegar al camping  del que hemos oído hablar, pero no sabemos dónde está ni como llegar. La fe mueve montañas, pero como tristemente descubriríamos, no paraliza obras de asfaltado.

Por arte de magia, al ver dos desvíos hacia Paris, uno con peaje y otro sin él, y estando más hartos de los peajes que Indiana Jones de corretear de aquí para allá, optamos por la carretera sin ellos descubriendo, poco después de ver la torre Eiffel, la señal del camping al que teníamos intención de pasar la noche, dando prácticamente saltos de alegría hasta ver el camino al ansiado lugar cortado por las obras, obligándonos esto a dar un más que curioso e inesperado y curioso garbeo por Paris, conociendo sus lujosas calles, majestuosas aceras, y la peligrosidad de conducir por el lugar, sobre todo tras ver como algunas personas son capaces de conducir oyendo música con el IPOD y hablar con el móvil a la vez, y dejando claro, que una gran urbe como Paris, no tiene nada que envidiar, menos aun en tráfico, a Madrid.

Llegamos finalmente al camping, aparcando en el interior mientras tratamos de averiguar si podemos entrar y pasar la noche para dejar la caravana, y enchufarla a la corriente eléctrica aparte de otras maravillas como poder ducharse, o así, en un sitio más amplio y con agua más caliente que la de la auto.
Finalmente aceptamos barco con el precio que nos dan para tres noches y aparcamos la caravana enchufándola a la corriente eléctrica, para poder recargar los móviles, portátiles y demás. Es el momento de una buena ducha. Bueno, de una ducha.

Una ducha. Como decía, a la que fui sin toalla, teniendo que pedir ayuda a Román, que acababa de ducharse poco después, y preguntándome porque me pasaban a mi estas cosas, aunque como veríamos después, no sería la única aventura que tendría alguien de la tripulación en  el cuarto de baño.
En estas nos encontrábamos cuando a la espera de salir hacia Paris en el autobús directo del camping, el grumete Iván y yo nos dirigimos hacia el restaurante del  camping dispuestos a ver por lo menos el inicio del partido de la semifinal del mundial entre España y Alemania, descubriendo el sitio repleto de gente, todos del camping, tanto alemanes y españoles, que jaleaban, gritaban y aplaudían cada jugada sin importar de quien fuera, lleno el ambiente de buen hermanamiento, buen rollo, huyyyysss y demás términos y jergas futboleros, todo ello observado desde el suelo, donde nos sentamos a esperar a que saliera el autobús en dirección a la ciudad de Paris.

El arco del triunfo
Finalmente, acabado el primer tiempo, subimos al autobús que nos llevaría a Paris, planeando la jugada a seguir, que era ir a la torre Eiffel a subir de noche y poder observar sus vistas, llegando finalmente, sin darnos cuenta, a la plaza mayor, donde tras preguntar a dos personas si estaba lejos la torre, estas nos dijeron que media hora a pie, y que la encontraríamos fácil, ya que habían puesto una enorme pantalla para poder ver el mundial. Eso me tranquilizo, ya que debido al pequeño tamaño de tan insigne monumento, temí no poder encontrarlo. 
Así pues, nos dirigimos hacia la torre, paseando por el atardecer de París, pudiendo observar el increíble Arco del triunfo de la ciudad, sus calles, y su gente, parando en cada bar que encontrábamos, tanteando la posibilidad de saber cómo estaba en esos momentos el partido de España y Alemania, oyendo un gran GOOOL cuando nos acercábamos a una enorme pantalla de cine, digo a la torre Eiffel, echando en ese momento a correr el grumete Iván, teniendo que seguirle para evitar la posibilidad de un posible extravío momentáneo, llegando a un parque frente a la torre donde un grupito de gente insignificante (solo se podían apreciar cabezas, cabezas y más cabezas en el horizonte) terminaban de ver un partido que España estaba ganando en ese momento, y que a la postre, ganó, empezando a sonar canticos a favor de España con un acento francés sospechoso, que me hizo pensar que en el país vecino aun tienen cierto resquemor a los alemanes por aquello de la invasión durante la II Guerra Mundial. O eso, o había mucho estudiante español de Erasmus con un acento francés sobresaliente.
La torre Eiffel
España estaba en la final del mundial, algo que jamás antes se había dado en la historia, y nosotros estábamos viviéndola.

Reunido nuevamente el grupo, y tras la alegría por la victoria que nos aseguraba, por primera vez en la historia de España, jugar una final del mundial, nos dirigimos a la cercana torre entre la marabunta de espectadores que habían visto el final del partido, llegando a la cola para ascender a la misma, confiando plenamente en que los ascensores funcionasen, recordando a la vez lo que le ocurre a uno de ellos en Superman II y pensando, que si al llegar arriba nos toca bajar andando, un servidor preferiría dormir arriba.


Llegamos a lo alto de la torre, y la visión desde tan alto de un Paris anochecido iluminado en la noche, nos asombra a todos, dejándonos prácticamente sin palabras, sobrecogidos, y deseosos de dar testimonio de este momento con las consabidas fotografías. Siendo sensatos, sinceros, y serios, para ver ese espectáculo, merece la pena ascender hasta tan alto, y poder sentirse embriagado e la enorme belleza y el fantástico espectáculo que se observa.
Vista desde la torre Eiffel
Estando a las once de la noche en lo alto de la torre, se encendieron durante un minuto las cientos de bombillas intermitentes que iluminan la torre en la noche parisina durante un minuto, lamentando no poder verlo desde abajo, y con el deseo de que podamos poder volver a ver tan maravilloso espectáculo visual, iniciamos el descenso en ascensor, dispuestos a volver al camping, aunque no seguros de llegar a tiempo a coger el autobús que está predispuesto a tal efecto.

Calculando que si vamos a pie no llegamos a tiempo a coger el autobús, decidimos hacer uso del metro de la ciudad, siendo así el tercer suburbano que conozco, lo que me lleva a reconocer, que a pesar de todo me quedo con el de Madrid, sin dejar de mirar el reloj desesperados. Todo apunta que nos va a tocar correr.
Efectivamente, al llegar a la parada de metro final de nuestro destino, justo donde teníamos que coger el bus, llegando apenas tres minutos ates de su hora de salida,
El grumete Iván y yo emprendemos una carrera por el metro de Paris, subiendo escaleras mecánicas, las cuales estaban paradas (igual que en el metro de Madrid muchas veces), de dos en dos y saliendo por un parque que no recordábamos al haber llegado, pero viendo la parada a lo lejos, sin autobús, lo cual, a mitad de carrera, y tras ver unos lindos y gordos conejos correr por el parque en la noche entre nuestras piernas con riesgo grave de sufrir una patada, nos hizo recudir la marcha, y llegar a medio trote a la parada, donde pude tratar de recuperar el resuello, haciéndose notar la notable diferencia de doce años entre el grumete y yo, aparte de una falta de costumbre de correr, por mi parte, vergonzosa.
Quince minutos después, y tras recuperar el resuello y llegar a la conclusión de que el autobús ya no pasaría, decidimos, recordando lo poco que habíamos tardado en llegar, en ir andando al camping, emprendiendo dicho camino guiados por un joven guarda de seguridad muy amable que nos guió por sendas oscuras y poco transitadas, como intransitables, asegurándonos, a mitad de camino (veinte minutos) que en ocho o diez llegaríamos al camping, dejándonos tranquilos al separar nuestros caminos, pues aunque rebosaba amabilidad por los cuatro costados, también rebosaba dudas y sospechas por su interés en acompañarnos tanto tiempo, aunque decía trabajar en el hipódromo cercano al camping.

Tras seguir el camino solos, y pasar veinte minutos, recordando que solo eran en principio ocho más, nuestros pies empezaban ya a moverse por una ligera inercia, mientras nuestras mentes pensaban en que realmente el camping no estaba tan cerca como parecía, y que podía caber la posibilidad de ir al lugar equivocado, lo cual no hacía sino ponernos en la situación de que de ser así, teníamos decidido dormir en la calle, pues no podríamos dar un paso más.
Por suerte, al poder ver la entrada de nuestro camping, con lágrimas de alegría en los ojos, llegamos finalmente a la caravana, en la otra punta del camping, dando gracias por haber podido lograr tal hazaña, dándonos cuenta de que lo que prometía veinte minutos poco  más o menos habían sido algo más de una hora.
Sin saber cómo, nos acostamos, sin sentir nada de rodillas hacia abajo, pensando en que mañana, sería un día más tranquilo, y poniéndonos como objetivo, estar antes de las diez en la parada del autobús, o llevar dinero para dos taxis, pues ninguno estamos dispuestos a volver realizar tal caminata.

FIN DE ENTRADA.
FDO. : FERNANDO ABELLA – SEGUNDO DE A BORDO

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